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EL SUFRIMIENTO DE JESÚS EN LA CRUZ DESDE UN PUNTO DE VISTA MÉDICO

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EL SUFRIMIENTO DE JESÚS EN LA CRUZ DESDE UN PUNTO DE VISTA MÉDICO

 

El Sufrimiento de Jesús En La Cruz

Desde un punto de vista Médico

 


 

LA CRUCIFIXION DE JESUS

 

En este artículo discutiré algunos de los aspectos físicos de la pasión, o sufrimiento, de Jesucristo. Lo seguiremos desde Getsemaní, a través de sus juicios, su flagelación, su senda por la Vía Dolorosa, hasta sus últimas horas agonizando en la cruz.

Me interesé en estos asuntos hace un año aproximadamente cuando leí sobre la crucifixión en el libro en inglés por Jim Bishop llamado The Day Christ Died (El día que Cristo murió). Repentinamente me di cuenta que yo no había puesto mucha atención a la Crucifixión durante tantos años y que yo me había desensibilizado a sus horrores debido a una fácil familiaridad con sus crudos detalles y por una amistad alejada con él. Por fin se me ocurrió que siendo yo un médico, ni sabía la causa real de su muerte. Los Evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas, y Juan, no nos ayudan mucho en este punto, porque crucifixión y flagelación eran tan comunes durante sus tiempos que ellos consideraron una descripción detallada totalmente superflua. Entonces, tenemos las palabras concisas de ellos: "Pilato. . . entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado. . . Y le sacaron para crucificarle."

Estoy en deuda con muchos que han estudiado este asunto en el pasado, y en especial a mi colega contemporáneo Dr. Pierre Barbet, cirujano francés, quien ha hecho investigación exhaustiva tanto histórica como experimental y quien ha escrito ampliamente sobre el tema.

No estoy calificado para discutir el infinito sufrimiento psíquico y espiritual de Dios que vivió en cuerpo humano para propiciación por los pecados de la raza humana caída. No obstante, podemos examinar con algunos detalles los aspectos fisiológicos y anatómicos de la pasión de nuestro Señor. . . ¿Qué sostuvo el cuerpo de Jesús de Nazaret realmente durante esas horas de tortura?

Esta pregunta me llevó primeramente al estudio de la práctica de la crucifixión misma; es decir, la tortura y la ejecución de una persona por fijación a una cruz. Aparentemente, la primera práctica de crucifixión fue realizada por los persas. Alejandro Magno y sus generales la trajeron al mundo Mediterráneo a Egipto y a Cartago. Los romanos aparentemente aprendieron la práctica de los cartagineses, y (tal como con casi todo lo que hacían los romanos) desarrollaron rápidamente un alto grado de eficiencia y habilidad en llevarla a cabo. Varios autores romanos (incluyendo a Tito Livio, a Cicerón, y a Tácito) comentan sobre el tema. Varias innovaciones y modificaciones se describen en la literatura antigua. Mencionaré solo unas pocas que tienen que ver con nuestro objetivo. El travesaño (patibulum)de la cruz a veces se fijaba a unos sesenta o noventa centímetros del extremo más alto del madero vertical (estípite). Esto es lo que comúnmente pensamos como la forma clásica de una cruz (la que después hemos llamado la Cruz Latina); sin embargo, la forma común en los días de nuestro Señor fue la Cruz Tau (parecida a la letra griega de tau, o como nuestra "T"), también llamada la Cruz de San Antonio. En esta cruz el travesaño fue colocado en un corte (o mortaja) en el poste. Existe una abrumadora evidencia arqueológica de que éste es el tipo de cruz en que Jesús fue crucificado.

El poste estaba fijado permanentemente en el sitio de ejecución y el condenado era obligado a cargar el travesaño, que pesaba alrededor de cuarenta y cinco kilos, desde la prisión hasta el lugar del suplicio. Sin ninguna prueba ni histórica ni bíblica, pintores medievales y renacentistas nos han impuesto el cuadro de Cristo llevando la cruz entera. Muchos de aquellos pintores y la mayoría de los escultores de crucifijos hoy demuestran los clavos atravesando las palmas. Escritos históricos romanos y trabajo experimental han demostrado que los clavos fueron martillados entre pequeños huesos de las muñecas (carpo), y no por las palmas. Clavos que penetraran las palmas romperían los músculos entre los metacarpianos al soportar el peso de un cuerpo humano. El concepto equivocado puede haberse creado por un malentendido referente a las palabras de Jesús cuando dijo a Tomás, "Mira mis manos." Anatomistas, modernos y de la antigüedad siempre han considerado la muñeca como parte de la mano.

Un títulus o letrero pequeño que indicaba la ofensa del condenado se llevaba de costumbre al frente de la procesión para posteriormente clavarse en la cruz, arriba de la cabeza del condenado. Este letrero clavado en la parte superior de la cruz daría una imagen similar a la tradicional Cruz Latina.

La pasión física del Cristo comienza en Getsemaní. De los muchos aspectos de este sufrimiento inicial, comentaré solamente el de interés fisiológico: el sudor sangriento. Es interesante que el médico del grupo, San Lucas, es el único que lo menciona. Él dice, "Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra."

Los eruditos modernos han hecho todo intento imaginable para apoyar la omisión de esta frase, evidentemente bajo la impresión equivocada que esto simplemente no ocurrió.

Se ahorrarían muchos esfuerzos consultando la literatura médica. Aunque muy raro, el fenómeno de hematidrosis, o sudor de sangre, está bien documentado. Bajo un gran estrés emocional los vasos capilares diminutos en las glándulas sudoríparas se pueden romper, mezclándose así sangre con sudor. Este proceso por sí sólo podría haber producido una debilidad marcada, y posiblemente shock.

El Dr. LeBec escribe: "Es un agotamiento físico acompañado de un trastorno moral, consecuencia de una emoción profunda, de un miedo atroz" (Le supplice de la Croix, Paris, 1925)

Se describe como una dilatación y ruptura de los vasos capilares subcutáneos en su punto de contacto con la base de los millones de glándulas sudoríparas. La sangre se mezcla con el sudor y se coagula sobre la piel después de la exudación. Es esta mezcla de sudor y coágulos la que se va juntando hasta correr por encima de la piel de todo el cuerpo en cantidad suficiente como para caer al suelo.

Esta hemorragia microscópica tiene lugar en toda la piel, la cual queda, por esta causa lesionada, dolorida y muy sensible a los golpes.

Esta agonía de Jesús no se debía tanto a los padecimientos físicos que pasaría, sino a la realidad de que los pecados y enfermedades de la humanidad vendrían sobre él. En su oración del huerto le dijo al Padre: "si quieres, pasa de mi esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya…"

La copa Jesús bebió y no se resistió a la voluntad del Padre.

Avanzaremos rápidamente a través de la traición y arresto. Debo enfatizar nuevamente que porciones importantes de la historia de la pasión de Jesús el Señor no aparecen en este artículo. Esto puede ser frustrante para usted, mas para adherirnos a nuestro propósito de discutir sólo los aspectos puramente físicos de la Pasión, tales omisiones son necesarias. Después del arresto en medio de la noche, Jesús fue llevado ante Anás, el ex sumo sacerdote, y luego ante su yerno, Caifás, el actual sumo sacerdote, junto con el Sanedrín. Es aquí, con Anás, donde le fue infligido el trauma físico. Uno de los guardias estimó que Jesús había contestado a Anás en forma incorrecta, y estando al lado de Jesús, le dio una bofetada en la cara (Juan 18:22). Algunos comentaristas dicen que aquí La palabra usada por Juan no significaba bofetada sino un bastonazo. El Dr. Judica Cordiglia dice: " es una lesión del cartílago de la nariz y la posible desviación de la misma debido a un golpe con un palo corto, cilíndrico y de 4 a 5 cm de diámetro." Un golpe a la nariz que fue capaz de desviarla de su plano normal y de lesionar el cartílago. Aquí debió haber salido abundante sangre.

Después de muchos testigos falsos que no concordaban en sus testimonios, Caifás pregunta directamente a Jesús y, por fin, recibe una respuesta con la cual el concilio (Sanedrín) puede llamarlo blasfemo y declararlo reo de muerte. Los guardias del palacio luego vendan los ojos del condenado y burlonamente le desafían a identificarlos mientras pasan, por turno, escupiéndole y dándole golpes en la cara.

Recordemos que la piel de Jesús ya estaba sensible al sudar sangre y ahora aquí dice Mateo en el verso 67: "..entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban…" Aquí, aunque los evangelios no lo relatan, el profeta Isaías incluye que los pelos de su barba eran arrancados: "di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban el cabello; no escondí mi rostro de injurias y de esputos." (Isaías 50:6)

En la madrugada, Jesús, golpeado y magullado, deshidratado, y exhausto por la trasnochada, es conducido a través de Jerusalén al pretorio de la Fortaleza Antonia, la sede del gobierno del Procurador de Judea, Poncio Pilato. Usted recordará la actuación de Pilato tratando de pasar la responsabilidad a Herodes Antipas el tetrarca de Galilea. Jesús, al parecer, no sufrió maltrato físico bajo Herodes y fue devuelto a Pilato. Fue entonces que Pilato, respondiendo a los gritos de la muchedumbre, ordenó soltar a Barrabás y condenó a Jesús a latigazos y crucifixión. Hay mucho desacuerdo entre autoridades en cuanto a flagelación como preludio a crucifixión. La mayoría de los autores romanos de esta época no asocian las dos cosas. Originalmente Pilato ordenó que Jesús fuera flagelado como único castigo y la sentencia a pena capital por crucifixión vino solamente a la presión de los judíos. Pilato intentó soltar a Jesús varias veces y sostuvo que no le encontraba culpable. Pero los judíos persuadieron a este gobernador romano a condenar a su prisionero con la acusación de que no sería amigo de César si dejara con vida a uno que pretendía ser rey de los judíos. Además su decisión fue influenciada por el hecho de que estaba empezando un motín.

Para preparar la víctima para el castigo de azotes se le quita la ropa y sus manos se atan en un poste, más alto que la cabeza. Es dudoso que los romanos hicieran algún intento de seguir la ley judía en cuanto a la flagelación. Los judíos tienen una ley de antaño que prohibe más de cuarenta golpes. Los fariseos, siempre empeñosos en que se guarde estrictamente la ley, insistieron que se dieran tan sólo cuarenta golpes menos uno. (En un caso de fallar la cuenta, estaban seguros de quedar dentro de la ley.) El azote con el que le flagelaron fue el horrible flagellum taxillatum, El legionario romano pasa adelante con el flagellum en su mano. Éste es un látigo corto que consta de varias gruesas tiras de cuero con dos pelotitas de plomo fijadas cerca del extremo de cada una.

El látigo pesado cae con toda fuerza, una y otra vez, sobre los hombros, la espalda, y las piernas de Jesús. Al principio los cueros cortan tan sólo la piel. Luego, mientras siguen los golpes, cortan más profundo en los tejidos subcutáneos, produciendo primero un exudado desde los capilares, y las venas de la piel, y finalmente una súbita salida de sangre arterial desde los vasos en los músculos subyacentes.

Las pelotitas de plomo producen, primeramente, grandes y profundas magulladuras, que luego se abren con los golpes siguientes. Finalmente, la piel de la espalda cuelga en largas cintas y todo el área es una masa irreconocible de tejido roto que sangra. Cuando el centurión a cargo determina que el prisionero está cerca de la muerte, la flagelación se detiene finalmente.

Jesús entre desmayado y consciente es desatado y se le deja desplomar al pavimento de piedra, mojado con su propia sangre. Los soldados romanos ven un gran chiste en este judío provinciano pretendiéndose ser un rey. Para ello, congregan a toda la cohorte (de 400 a 600 hombres), le desnudan de nuevo, le hacen sentar sobre cualquier banco de piedra, le echan a las espaldas una capa corta color grana y le encasquetan la corona de espinas con fuerza sobre la cabeza, le ponen una caña por cetro en la mano derecha y empieza la farsa…"salve, Rey de los judíos! Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias. Después de haberle escarnecido, le desnudaron…(Mr.15:15; Mt.27:26-30; Jn 19:1-3).

La palabra "corona" nos ha inducido a pensar en un cerco de espinas en torno a la cabeza, tal como lo presentan los crucifijos, pero la frase empleada aquí por Marcos al igual que Juan es: Plexantes stephanon ex acanthon…epethekan epi tes kefales autou: "Entretejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza."

Estas espinas de una planta local se entretejía alrededor de la cabeza horizontalmente de la frente a la nuca pasando por encima de las orejas.

Nuevamente hay sangramiento copioso (siendo el cuero cabelludo una de las áreas más vascularizadas del cuerpo). Después de burlarse de él, abofeteándole y escupiéndole en la cara, toman la caña de su mano para golpearle en la cabeza, martillando las espinas más profundamente en su piel. Finalmente se cansan de su deporte sádico y arrancan el manto de su espalda. Éste ya se ha adherido a los coágulos de sangre y suero de las heridas. El remover el manto, igual que al sacar sin cuidado una venda quirúrgica, causa dolor en extremo casi como si se hubiera vuelto a la flagelación y las heridas comienzan nuevamente a sangrar.

En deferencia a la costumbre judía, los romanos devuelven su vestimenta. El pesado travesaño de la cruz se ata sobre los hombros, y la procesión del Cristo condenado, dos ladrones, y los verdugos, soldados romanos, comienza a avanzar lentamente por la Vía Dolorosa, encabezada por un centurión. A pesar de sus esfuerzos para caminar erguido el peso de la viga que llevaba, más el shock que se produjo por la copiosa pérdida de sangre fue demasiado. Se tropieza y cae. La madera en bruto de la viga que llevaba penetra la piel y músculos lacerados de los hombros. Intenta pararse, pero a los músculos humanos se les ha exigido más allá de su resistencia. El centurión, ansioso de proceder con la crucifixión, escoge un fuerte africano nortino de entre los transeúntes, Simón de Cirene, para llevar el madero. Jesús sigue, todavía, sangrando y transpirando el frío sudor de shock. La jornada de aproximadamente 600 metros desde la Fortaleza de Antonia hasta el Gólgota por fin se cumple. El prisionero es nuevamente despojado de sus ropas, salvo por un taparrabo que se les permite a los judíos.

Comienza la crucifixión. Se le ofrece a Jesús vino mezclado con mirra, una bebida ligeramente analgésica. Él rehusa beber. Simón recibe orden de poner el travesaño en el suelo y prontamente Jesús es tirado hacia atrás con sus hombros contra la madera. El legionario busca con sus dedos a encontrar la depresión en la parte delantera de la muñeca.

Ya martilla un clavo, pesado y cuadrado de fierro fundido que atraviesa la muñeca y penetra profundamente en la madera. Rápidamente se cambia al otro lado y repite la acción, teniendo el cuidado de no estirar los brazos demasiado, permitiendo un poco de flexibilidad y movimiento. El travesaño es levantado y puesto en su lugar arriba en el poste, y, junto con ello se clava el títulus con su inscripción trilingüe que proclama en hebreo, en latín y en griego "ESTE ES JESUS NAZARENO, REY DE LOS JUDIOS."

El pie izquierdo es dirigido atrás, contra el pie derecho, y con los dos pies extendidos, dedos hacia abajo, un clavo penetra el dorso de los dos pies, dejando las rodillas moderadamente dobladas. La víctima ya está crucificada. Mientras se relaja lentamente y el peso se apoya más y más en los clavos de las muñecas, dolores terribles y ardientes se producen en los dedos, se extienden por los brazos, y explotan en el cerebro, debido a la presión que los clavos están ejerciendo en los nervios medianos (de la muñeca). Al empujar hacia arriba para evitar el tormento de estar estirado pone el peso total en el clavo que atraviesa los pies. Y de nuevo experimenta la agonía ardiente por el clavo que ahora rompe a través de los nervios entre los huesos (metatarsianos) de los pies.

A estas alturas sucede otro fenómeno. Al fatigarse los brazos, grandes oleadas de calambres barren los músculos, haciendo nudos en ellos con un dolor profundo, pulsante y sin tregua. Junto con los calambres viene la inhabilidad de empujarse hacia arriba. Colgado por los brazos los músculos pectorales están paralizados y los músculos intercostales quedan sin poder funcionar. Se puede llenar los pulmones de aire, mas no se puede exhalar. Jesús lucha para levantarse y lograr siquiera una respiración breve. Finalmente, el dióxido de carbono aumenta en los pulmones y en el torrente sanguíneo y los calambres se relajan parcialmente. Espasmódicamente, él logra levantarse para exhalar y luego inhalar el oxígeno que sostiene la vida. Indudablemente fue durante estos períodos que él emitió los siete dichos breves que están grabados:

El primero, cumpliendo con su propósito en la tierra, el que vino no para condenar al mundo sino para salvarlo, dijo, "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen."

El segundo, al ladrón arrepentido: "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso."

El tercero, mirando abajo al confundido y afligido joven Juan (el apóstol amado) y a su propia madre, dijo, "Mujer, he ahí tu hijo. He ahí tu madre."

El cuarto, un grito, es el principio de Salmo 22: Eloi, Eloi, lama sabactani? Que traducido es: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"

Jesús quería manifestarnos algo muy importante: un sufrimiento misterioso que nosotros somos incapaces de imaginar. Sufrimientos muchos más terribles que todos los demás, físicos y morales, descritos hasta aquí. Jesús había salido fiador de los hombres, se había hecho responsable ante Dios de los crímenes y maldades de todo el mundo.

El cordero de Dios inmolado llevó nuestros pecados y por un breve instante, como que el Padre alejó su rostro de Él…y fue abandonado. Isaías 53:4-5 dice: "ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados."

Experimenta horas de dolor sin límite, ciclos de calambres que estrujan y presionan las coyunturas, asfixia parcial intermitente, dolor quemante mientras el tejido se arranca de la espalda lacerada con el movimiento arriba y abajo contra la madera en bruto y entonces comienza otra agonía: un dolor aplastante, profundo en el pecho mientras el pericardio lentamente se llena con suero y empieza a comprimir el corazón.

Volvamos a recordar de nuevo el Salmo 22 (versículo 14): "He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas."

Casi termina la pérdida de líquidos de los tejidos ha alcanzado un nivel crítico el comprimido corazón está luchando para bombear sangre pesada, sangre espesa y lenta, a los tejidos, los pulmones torturados están esforzándose frenéticamente para tragar pequeñas cantidades de aire. Los tejidos marcadamente deshidratados mandan abundantes mensajes que inundan el cerebro.

El quinto dicho de la cruz de Jesús sale seco, sin fuerza, pero cumpliendo con una profecía: "Tengo sed."

Recordemos otra parte del profético Salmo 22: "Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte."

Una esponja empapada en el vino amargo y barato que era la bebida de costumbre de los soldados romanos se levanta a sus labios. Tomó del vinagre antes de hablar. El cuerpo de Jesús está ahora moribundo y él puede sentir el frío de la muerte que paulatinamente invade sus tejidos. Al darse cuenta de esto emite el sexto dicho:

 

"¡Consumado es!"

(Juan 19:30).

 

Consumada estaba la obra que el Padre le había encomendado de redimir al mundo (Jn. 17:4). Todas las profecías sobre Él se habían cumplido, Su misión de pagar las deudas de otros está cumplida. Por fin puede dejar morir a su cuerpo.

Con un tremendo esfuerzo, una vez más empuja sus pies partidos contra el clavo que los abrió, endereza sus piernas, toma más aire, y luego pronuncia su séptima y última declaración, clamando a gran voz: "¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!"

El resto ya lo sabe usted. Para no profanar el día de descanso (Sábado) los judíos pidieron que terminaran luego con los hombres condenados y que fuesen removidos de las cruces. El método común para terminar una crucifixión era el de crurifractura, o sea, el rompimiento de los huesos de las piernas. Tal procedimiento impide que la víctima se empuje hacia arriba; la tensión en los músculos del pecho entonces no tiene oportunidad de aliviarse, y rápidamente la persona se sofoca. Las piernas de los dos ladrones fueron rotas, pero llegando a Jesús vieron que era innecesario.

Aparentemente para asegurarse doblemente de su muerte el legionario manejó su lanza atravesando el quinto espacio entre las costillas, abriendo el pericardio y penetrando el corazón. El Evangelio según San Juan, capítulo 19, versículo 34 dice: "Y al instante salió sangre y agua." Entonces hubo una salida de líquido como agua de la bolsa que envuelve el corazón, y sangre del interior del corazón. Tenemos, por ende, una evidencia póstuma difícil de negar que indica que nuestro Señor falleció no por ahogamiento, que era la muerte normal por crucifixión, sino por insuficiencia cardíaca debido a shock y a compresión del corazón por el líquido del pericardio.

Así que, hemos tenido un pequeño vistazo de la maldad que el hombre puede exhibir hacia el hombre y hacia Dios. Esta vista no tiene nada de bonito y tiende a dejarnos desanimados y deprimidos. Pero, ¡con cuánta gratitud podemos alegrarnos en que la historia no termina ahí! Empezamos a ver la infinita misericordia de Dios para el hombre el milagro del rescate y el futuro seguro de una mañana de resurrección.

Todo lo que pasó el Señor durante todos sus sufrimientos lo hizo por amor…por amor a nosotros…porque de tal manera amó Dios al mundo que envío a su Hijo…" y Jesús no rehusó la copa y la bebió…

Aunque Jesús murió, la noticia más maravillosa de aquel tiempo fue que al tercer día resucitó. Su tumba está vacía. Él venció la muerte para darte vida, venció el pecado para que pudieras acercarte a Dios. Él llevó tu depresión, tristeza, tu dolor, tu angustia, tu desesperación y las clavó en la cruz para darte paz, esperanza y vida eterna.

Jesús esta vivo y Él te pide que lo invites a venir a tu vida y corazón y Él cambiará las circunstancias, borrará tus pecados, te dará esperanza para vivir, podrás realmente experimentar el verdadero amor y la paz que hasta ahora no has tenido. Una paz que sobrepasa todo entendimiento humano.

Es frente al sufrimiento y muerte de Jesús que uno ve la verdad detrás de dos pensamientos muy comunes y equivocados:

1) Algunos mantienen que sus ofensas ante Dios no tienen remedio porque son gravísimas. Pero si uno toma en cuenta de que la única persona que nunca ofendió a Dios sufrió la injusticia más grande que jamás hubiera ocurrido en la tierra, entonces uno debe admitir que la tortura y la muerte de Jesús de Nazaret realmente son suficientes para pagar toda la culpa de uno por muchos pecados que sean. ¿Quién se atrevería a mirar con estos detalles al sufrimiento de aquel que es Señor de todo, y decir que su pago quedó corto para cubrir su culpa?

2) Otros tienen la idea que todos los pecados suyos son realmente pecadillos que Dios sinceramente no tiene por qué tomarlos en cuenta. Todo lo que haya hecho que no cuadra con la ley de Dios es un pequeño detalle y que Dios le perdonó sin que la persona hubiera tenido que arrepentirse. Pero la verdad se ve en la crucifixión del Hijo del hombre: el pecado es, en todo sus tonos y grados, un acto de rebelión que atenta contra la soberanía de Dios, y contra la vida humana. Jesús no sufrió poco por nuestros "pecadillos". Su agonía apunta al gran precio que cuesta cancelar la culpa que todos tenemos. Si la muerte de Jesús es fea y triste, es porque el pecado que él borró es también igualmente feo y triste. ¿Cuál de los seres humanos puede mirar a Jesús y decirle que no sufrió mucho por sus pecados?

Pero no nos quedemos allí, en el dolor y en separación del Padre. Jesús no se quedó allí. Él está resucitado, sentado a la diestra de Dios, llamándonos como llamó a sus primeros discípulos: "Ven. Sígueme a mí." el que le hace caso tiene perdón y vida eterna como regalos. ¡Es la promesa de aquel que murió crucificado, y vive para siempre!

 

Dr. C. Truman Davis, M.D., M.S.
Traductor y editor, Rafael Shead, con ayuda de
Dr. Nelson Arriagada M., Cirujano Ortopédico

 

FIN

 

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